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“MILAGRO EN EL HOGAR DE PONNY”

Era una mañana como otra cualquiera, pero con la diferencia que esta vez estaba nevando.

Ya era diciembre y solo faltaba una semana para Navidad, los chicos estaban a punto de despertarse, la srta Ponny y la hermana María ya habían preparado los desayunos, con la ayuda de los chicos mayores, entre ellos se encontraba Candy.

Hacía poco que habían adoptado a su mejor amiga “Annie”, y aunque estaba un poco triste por su ausencia, se alegraba mucho por ella, ¡al fin había conseguido su sueño!, tener unos padres… el sueño de todo niño, sobre todo de los huérfanos, y ella no era la excepción.

Aun así Candy era feliz, aunque no había sido adoptada ella consideraba a las buenas mujeres como sus dos madres, en realidad todos lo hacían… pero … aun así seguían teniendo el sueño de ser adoptados y queridos por unos padres que a su vez también tenían el mismo deseo “ tener el amor de un hijo”.

Sabían que cuando eran adoptados, la hermana María y la srta Ponny se entristecían muchísimo al perderlos, pero como los amaban como a hijos, también les alegraba el alma el saber que serían queridos por unos padres, eso era lo que mas las llenaban, ese trabajo tan gratificante como sacrificado, que solo podían llevar a cabo dos seres tan puros como ellas, o personas similares.

Candy estaba mirando a través de la ventana, veía caer los pequeños copos de nieve, observaba como desaparecían al llegar al suelo, formando junto con los demás una gruesa capa que cubría el suelo.

Poco a poco comenzó a despejarse el día, y eso significaba que podrían salir a jugar. Harían muñecos de nieve y también se lanzarían bolas, se tumbarían en el suelo y agitando brazos y piernas dibujarían ángeles, ¡lo pasarían genial!.

Eso era lo que más le gustaba a Candy, jugar con los niños y aunque los había de todas las edades ella era una de las mayores, aun así seguía siendo una niña, y le gustaba divertirse.

Ella era muy dispuesta, y siempre ayudaba con los quehaceres en el hogar.

Llegado la nochebuena cantaban villancicos y se regalaban lo que ellos mismos habían hecho con anterioridad.

A veces alguien donaba algún juguete, solían ser viejos, ambas mujeres iban de puerta en puerta preguntando si tenían algo que ya no usaran, y así podían regalarle algo a los mas pequeños.

Pero esa Navidad fue distinta, alguien depositó en la puerta muchos juguetes para todos los niños, ¡eran nuevos!, y para todas las edades.

¡Parecía que sabían los gustos de todos!, habían acertado por completo…
pero…. ¿quién sería la persona que les hizo todos esos presentes?, fue una incógnita durante años, porque el hecho se repitió cada Navidad, y los niños no volvieron a quedarse sin juguetes.

Además también les enviaban ropa y comida de vez en cuando.

No se supo quien era el benefactor, que tanto los cuidaba, ¿lo llegarían a saber algún día?.

La única forma de agradecerle todo lo que hacían por ellos, era rezar una oración cada día sobre todo en nochebuena para pedir por la salud y bienestar de un ser tan bondadoso, ya que sospechaban que era la misma persona, porque veían alejarse de vez en cuando el mismo coche, siempre cuando recibían alguna cosa. Pero nunca les daba tiempo a ver quien era ya que lo hacían por la noche cuando todos dormían y a veces el ruido del motor a lo lejos era lo que hacía que alguno viera el vehículo el cual después de describirlo todos coincidían que era el mismo.


Candy aún era muy niña, y disfrutaba con los demás de los presentes.

Un día, vino un caballero muy elegante para hablar con las señoras. Querían adoptar a una niña, y se habían fijado en Candy.

Este señor ya había pasado por el hogar con anterioridad para ver a los niños, su nombre era Charles.

Charles trabajaba para una buena familia, y les había descrito a los niños tanto físicamente como en forma de ser, ya que el preguntaba a la hermana María y la srta Ponny sobre todos.

Y sus patrones decidieron que querían a Candy.

Todos se extrañaron al ver que no habían venido los interesados personalmente, pero como eran de buena familia, supusieron que estarían muy ocupados o algo por el estilo.

Candy aceptó, le dolía mucho dejar a las buenas señoras y a los niños, pero pensó que si algún día ella podría después de haber estudiado y convertido en una mujer de bien, ayudar a los niños del hogar y a cualquier persona desvalida o necesitada.

¡Que gran corazón!...

Además también quería unos padres, eso era natural.

Después de despedirse de todos, Candy se marchó prometiendo que los escribiría y que nunca los olvidaría y que cuando pudiese los visitaría.

Durante el trayecto a su nuevo hogar, la chica le hizo un sinfín de preguntas al chófer.

Quería saber todo lo que pudiera, para irse preparando mentalmente, y el señor le fue contando.

Son la familia Whitelake, realmente son buena gente, y podrán ocuparse muy bien de ti ya que están muy bien situados.

Charles le contó como era el lugar donde iban, estaba situado cerca de la ciudad pero en las afueras, donde primaba la naturaleza, el aire fresco y un hermoso lago que llevaba el mismo nombre de la familia porque había un momento en el que parecía volverse blanco antes del atardecer y de ahí su nombre Whitelake.

El linaje de esta familia era muy antiguo, al parecer tomaron el mismo apellido del lago al establecerse allí.

Continuó diciendo que la señora Arianne, estaba postrada en la cama por un accidente que tuvo al caer de un caballo.

Ella era muy buena montando pero … ese día algo pasó, y acabó en esa fatídica situación.

A Candy le apenó mucho lo que Charles le acababa de contar ¡pobre señora!, pero a pesar de estar postrada en la cama, y de acabar de salir del coma, ¡ella podía caminar!, pero por alguna extraña situación ella no podía moverse.

Era sabido que había perdido a su bebé nada mas nacer, y siempre sufrió esa triste pérdida.

Candy debía tener la misma edad que la pequeña que había perdido, y la verdad es que el parecido con la señora Arianne era asombroso.

Por eso Charles estuvo yendo de orfanato en orfanato, para encontrar a alguien con las características físicas de Candy, además cuando la srta Ponny y la hermana María le hablaron de la forma de ser de la joven, fue lo que mas convenció para contarle sobre ella al señor Whitelake, que fue el que finalmente decidió adoptarla.

Cuando llegaron, tuvieron que atravesar un camino que tenía a ambos lados unos frondosos árboles y una cantidad muy variada de flores y arbustos.

El camino no tenía hierba, y esto era por el continuo pasar de caballos y vehículos.

Al llegar dentro de la casa, les recibió un mayordomo, que indicó a una sirvienta que acompañara a Candy a su dormitorio, allí tenía muchas comodidades y una gran variedad de vestidos, zapatos y complementos.

La convivencia fue muy buena, pero aunque el señor de la casa, un hombre muy amable, se ocupaba de su esposa, debía trabajar también.

Era por eso que quería que Arianne estuviera acompañada, y pensó que tal vez Candy podría ser la hija que nunca pudieron cuidar.

Tal vez si su esposa lo veía así, olvidaría su estado y se sobrepondría a lo que fuera que la mantenía postrada. El quería devolverle las ganas de vivir.

Sabía que nunca podrían sustituir a la hija que perdieron, pero tal vez podrían darse el amor que ambas necesitaban, e incluso el también.

Candy trataba muy bien a la señora, la cuidaba y la alimentaba, ella al principio ni la miraba, no quería ver a la que se supone iba a suplantar a su bebé.

Pero se daba cuenta que esa chica al ser huérfana, y carecer de padres, también había sufrido aunque en el hogar la hubieran tratado bien, nunca conoció a aquellos que le dieron la vida.

Eso debió ser triste para ella, y es tan linda, su carita, su cabello… mi hijita sería igual que ella.

Las lágrimas recorrieron el bello rostro de Arianne, al pensar en su bebé.

Con el paso del tiempo, le tomó mucho cariño a Candy, ¡era difícil no hacerlo!, la pecosita se la ganó completamente, con su gran corazón.

Y un día Arianne, movió una mano, comenzando así su recuperación.

Después de una dura rehabilitación de la movilidad de sus miembros, llegó el día que la señora consiguió ponerse en pie y caminar.

¡No cabían en sí de gozo!, John su esposo era el que estaba mas contento, sin desmerecer la alegría que sentía Candy.

-Si lo deseas puedes llamarnos papá y mamá- dijo Arianne.

Candy aceptó con lágrimas en sus ojos, -así lo haré-.

-A partir de hoy yo te cuidaré a ti Candy intentaré ser una buena madre- , su esposo afirmó lo mismo, -pequeña, considérame tu padre si así lo deseas-.

Había que esperar un tiempo para que el amor surgiera, ya que el roce hace el cariño.

No podían esperar que Candy los considerara sus padres desde el primer día, al igual que ellos debían conocerla para quererla.

Pero para Arianne y John, Candy era muy especial, la sintieron su hija incluso antes de decirle nada a ella. Solo quisieron ser prudentes y ganarse el afecto de aquella chica.

Lo que no sabían, era que lo tenían desde el mismo día que ella atravesó las puertas de su hogar.

Pasado unos meses, haría ya un año que Candy había sido adoptada.

Ella les pidió a sus padres que por favor, la dejaran visitar el hogar de Ponny y a los niños.

Los padres de Candy ayudaban muy a menudo a la hermana Maria y srta Ponny con los gastos. Y no solo por sentirse agradecidos por su hija.

Candy se marchó con el chofer a su antiguo hogar, su madre no podía ir ya que aun estaba recuperándose, y aunque ya casi era Navidad de nuevo, le dijeron a su hija que lo pasara en el hogar, ya que ellos tendrían muchas más para celebrar.

Candy se alegró mucho con la noticia, pero les prometió que volvería el mismo día de Navidad y que solo pasaría hasta el día de nochebuena en el hogar.

La joven pasó unos días maravillosos junto a las que siempre serían sus “dos madres”, y con los niños.

Las señoras estaban felices por ella, y porque había encontrado unos buenos padres que le permitían seguir en contacto.

Llegada la nochebuena, Candy no podía dormir, estaba muy nerviosa porque ya pronto se marcharía y aunque extrañaba a sus padres, también lo haría con todos los que habitaban el hogar de Ponny.

Estaba asomada a la ventana y de pronto vio una sombra moverse cerca de la puerta, y aunque esto la sobresaltó, salió en silencio y siguió al hombre hasta el auto, cuando vio que tenía una insignia muy hermosa con la letra “A” escrita en ella.

Cuando volvió al hogar, aquel hombre había dejado muchísimos regalos.

Candy descubrió entonces algo sobre el origen de quien dejaba los presentes.

Ella no les dijo nada a las señoras ni los niños, disfrutó el tiempo que pudo con ellas de la Navidad y volvió con sus padres.

La despedida no fue tan dura, ya que sabían que podrían verse de vez en cuando.

Cuando Candy regresó, vio que cerca de la casa había un coche mas a parte de los que eran de sus padres.

Tenía la misma insignia que había visto la noche anterior, pero era un coche distinto.

La joven entró en su casa, y vio que sus padres tenían visita, eran una familia amiga que los visitaban alguna vez, pero siempre por esas fechas.

-Candy hija… estos son los Andrew, unos amigos de hace muchos años, y este joven es Willian Albert, su hijo…- los padres de la joven señalaron hacia un apuesto joven, rubio de ojos azules, y bastante alto, que tenía en su rostro la más bella de las sonrisas.

Candy se sonrojó al verlo, mirando al suelo por unos instantes, y luego levantó la mirada y dijo: - hola Candy, espero que seamos amigos…-

-Seguro que si- afirmó el joven, - por cierto… llámame Albert-.

Ella asintió, - así lo haré Albert…-

Los padres al observarlos sonrieron y continuaron hablando.

Pasaron los años y los jóvenes siguieron su amistad, llegando a convertirse en algo más…

Un día Candy decidió ir al hogar de Ponny, cuando vino Albert a verla le dijeron donde estaba y fue a su encuentro.

Al llegar al hogar vio a la joven trabajando y ayudando a las buenas señoras, con los niños, y demás cosas.

El no podía dejar de sonreír al contemplarla, su amor iba más allá de los sentimientos terrenales.

Entonces se acercó, se subió las mangas y después de presentarse con la hermana María y la srta Ponny que ya sabían de el por Candy, se puso a limpiar con la joven.

A la hora de la cena, estuvieron hablando, y Candy le preguntó, - Albert hay algo que siempre quise saber… ¿Quién mandaba los regalos al hogar de Ponny, sabías algo de ello?- el joven se encogió de hombros y negó con la cabeza, -lo siento no se nada, pero me gustaría decirte algo aquí delante de todos, Candy aun somos jóvenes pero yo te amo… ¿quieres casarte conmigo?-

Candy aceptó, pero le dijo que por favor se llevaran un tiempo como prometidos hasta que ambos terminaran de estudiar y consiguieran ser independientes con sus trabajos.

El aceptó lo veía bien.

Más tarde vino el chófer de los Andrew, George.

Candy estaba fuera tendiendo unas sábanas, y cuando vio al chofer, decidió preguntarle a el si sabía el origen de los regalos.

George le dijo, - claro que lo se, y si me promete no contarlo se lo diré-

Candy asintió y con una mano en el corazón dijo – lo prometo.

-El que enviaba todos aquellos regalos era Albert, ya desde niño lo hacía, ya que un día pasamos por aquí el vio el hermoso paisaje y quiso que parase el vehículo para pasear y disfrutar las vistas, luego vio el hogar de Ponny a lo lejos y me preguntó que era, yo le conté. El se acercó lo suficiente como para ver y no ser visto, y pudo observar a los niños y a la hermana María y srta Ponny, vinimos otras veces e incluso en Navidad y entonces el vio los juguetes viejos para los niños, cuando esto paso fue la primera vez que le vi llorar inconsolablemente en el auto de camino a casa, el no entendía porqué el tenía todo y otros nada, así que de los juguetes que le daban a el, los enviaba todos al hogar, y cuando fue mayor pues ayudó en otras cosas… por favor señorita no me delate…-

-No lo haré…- dijo Candy con lágrimas en los ojos y sintiendo mas amor aun por su ahora prometido.

Después de unos días la joven regresó a su casa.

La vida transcurría apaciblemente, Albert y Candy se veían siempre que podían, y continuaban sus estudios respectivamente, hasta que un día al fin llegó el momento en el que se casaron y fueron a vivir cerca del hogar de Ponny, porque el deseo de ambos era el de llevar el orfanato y criar allí a los que serían sus hijos.

Años mas tarde Albert le contó a Candy que cuando se acercó por primera vez al hogar de Ponny pudo ver escondido tras un árbol a una niñita que lloraba después de haber leído una carta, al parecer muy triste, y eso fue lo que le hizo parar la segunda vez y observar desde lejos. Ese dato no lo sabía George, porque era otro chofer el que conducía ese día.

Candy le dijo que la carta se la había enviado Annie su mejor amiga y le contó lo que le había escrito, al cabo del tiempo ambas se volvieron a ver y retomaron su amistad.

A los demás miembros de la familia de Albert, los llegó a conocer y les tomó mucho cariño, a ella la respetaron y aceptaron aun a sabiendas de que era adoptada, ese hecho nunca se ocultó, por petición de Candy en persona, ella nunca quiso ocultar sus orígenes y sus padres adoptivos tampoco.

Arianne no podía tener más hijos después de haber perdido a su pequeña bebé, y ese fue el motivo por el cual ella tuvo ese fatídico accidente, aquel día montó a caballo después de enterarse por su doctor del hecho que ya no podría concebir y cegada por la tristeza y las lágrimas no vio la rama del árbol que la tiró al suelo.

El milagro del hogar de Ponny fue el haber tenido la gran suerte de que Albert se cruzara en su camino, y que Candy fuera una de las huérfanas, ya que dedicaron sus vidas al cuidado de los niños y personas que los necesitaran.

Fin.

 









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